El Economista Camuflado

En esta sociedad actual dónde el principal problema latente es la crisis económica y los dolores de cabeza que comporta la falta de dinero o su mala administración, sería muy útil contar con los consejos y recomendaciones de un especialista en el tema; alguien que analizara, des de la base, la economía, nuestra economía. Porque, seguramente, no será lo mismo ver el mundo con nuestros ojos que con los de un economista cuyo propósito sea captar todas esas menudencias que forman parte de nuestra vida. Y es que, sin darnos cuenta, solemos acudir por inercia a ciertos sitios, consumimos determinados productos como si así y sólo así tuviéramos que hacerlo, y nos guiamos por comportamientos ya “marcados” y “estructurados” por “no sabemos quién”.economistacamuflado

Saber cuáles son los motivos por los que nos dejamos llevar por esos comportamientos y por qué hay unas pautas tan comunes será una buena herramienta para abrir los ojos y divisar un poco más allá pero, también, para ahorrar dinero en un tiempo donde, esta palabra, se ha hecho más que necesaria.  Y es Tim Harford, economista y columnista británico, con El economista camuflado, la economía de las cosas pequeñas quien en esta ocasión nos ayuda a hacerlo.

Es a través de las situaciones familiares que el autor explica, a pequeñas pinceladas, conceptos económicos relacionados estrechamente con lo que relata en cada capítulo: el poder de la escasez, los productos marginales, los sustitutos de determinados productos, la auto fijación de precios, el concepto de externalidad, la globalización, los países pobres, el crecimiento económico, la privatización y el enorme crecimiento que ha tenido China en poco más de 20 años, entre otros.

Para llegar a estos conceptos Harford repasa situaciones cotidianas, como el pararte a tomar un café en Starbucks y no en otro lugar. La principal razón por la que Sturbacks puede cobrarte tanto por un café es porque no hay ninguna tienda cercana que ofrezca el mismo producto; es decir, no por el producto en sí, sino por su ubicación, el lugar dónde lo tomas: esto es, la escasez de lugares óptimos a tus necesidades (llegar lo antes posible al trabajo, por ejemplo). Porque, aunque la cantidad de cafeterías sea ilimitada, el número de ubicaciones atractivas es reducida.

Igual de sorprendente es el énfasis que hace el autor en la auto fijación de precios: aunque parezca mentira, los supermercados a los que acudimos frecuentemente  colocan de manera estratégica los distintos productos, diferenciando el feo envase de los productos económicos, diseñado para asegurar que el cliente refinado se autofije los precios más altos, al igual que la falta de mesas en los vagones de tercera clase y de los incómodos asientos en las salas de espera de los aeropuertos, pensados para que, el cliente o usuario con más posibilidades no tenga la remota idea de poder usar alguno de los anteriores servicios, enfatiza el autor.

Otro concepto interesante que nos introduce Harford es la idea de externalidad (otro de los fallos de mercado) que, según nos muestra “no tiene por objeto disuadir a las personas de que dejen de hacer lo que podría causar daño a los demás, sino que  lleguen a tener en cuenta las molestias que causan”, esto es, tener en cuenta el “más a más” que en ocasiones puede ser positivo, como si nuestro vecino pinta su fachada, o negativo, como el molesto ruido estridente de una guitarra eléctrica de 3º A. La externalidad estaría en el placer de pasar por delante de la fachada recién pintada (externalidad positiva) o en el disgusto de tener que soportar los ensayos de tu vecino (externalidad negativa).

Harford nos demuestra además la máxima eficiencia a la que puede llegar un mercado, cuando los productos “son adecuados, se fabrican de la forma adecuada, en las cantidades adecuadas y llegan a las personas adecuadas”, (las que más los valoran), un mercado perfectamente competitivo, donde podemos sentirnos libres y disfrutar sólo si nuestro placer es mayor que las molestias que causamos para hacer ese placer posible; Pero, como indicaba anteriormente, también nos muestra los fallos de mercado tales como el poder de la escasez, la falta de información y las decisiones que provocan los efectos colaterales a terceros (externalidades).

Como sintetiza el autor “La economía consiste en la modernización, en articular los principios y patrones básicos que operan detrás de temas aparentemente complejos, como el valor de arrendamiento de las granjas o el del alquiler de las cafeterías”.

En un panorama como el que nos ha tocado vivir en la actualidad es imprescindible contar con obras de este tipo, que relaten de una forma sincera y precisa lo que está pasando, haciendo uso de ejemplos veraces y cotidianos que consigan hacer sentir a cualquier ciudadano identificado con el relato. Porque, en definitiva, es eso lo que la gente quiere: entender el por qué de tantas cosas y buscar ejemplos en su propia experiencia, en su día a día.

¿De qué sirve encender el televisor y escuchar hablar del PIB, el IBEX 35, y tantas otras cosas que nos suenan tan lejos? Queremos realidad. Cosas tangibles. Que podamos entender. Es por ese motivo que creo que lecturas como El Economista Camuflado de Tim Harford se deberían convertir en “manuales” de la vida; en piezas al alcance de todo aquel que esté interesado en averiguar un poquito más sin quedarse de brazos cruzados.

Porque muchas veces la gente rechaza aquello que no comprende; y, bajo mi punto de vista, eso es lo que ocurre con la economía. Se ha convertido en algo tan complejo y difuso que ha hecho que la gente se aparte de ella.

Pero no podemos apartarnos del carburante del planeta. Y es que, nos guste o no, el dinero lo mueve todo y más vale que aprendamos de una vez por todas cuál es su correcto funcionamiento.

NÚRIA LÓPEZ PAREJO

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