La sal, un exceso que traspasa fronteras

El alto ritmo de vida que caracteriza la sociedad actual, diferente al que podía encontrarse hace unas décadas, tiene sus efectos negativos. Uno de ellos es el de la incorrecta alimentación. Son muchos los que, debido al poco tiempo de que disponen al mediodía, deciden comer algo rápido, que muchas veces es lo mismo que decir comer mal. El famoso fast food (comida rápida), antes vinculado casi únicamente a Estados Unidos, se ha extendido tanto que en los países europeos ya viene siendo algo habitual. Las hamburguesas, las patatas fritas o los perritos calientes han comido terreno a la tan elogiada dieta mediterránea. Pero, más que este tipo de manjar, la comida que realmente esta adquiriendo relevancia es la compuesta por los alimentos preparados. Estos no solo pueden tener consecuencias en forma de más calorías -y posteriores problemas de obesidad- sino que también pueden perjudicarnos por el hecho de contener  según que componentes. Es el caso de la sal, un condimento cada vez más habitual en las comidas de nuestro día a día, tanto que se ha convertido en un peligro real  para la salud.

Como informa el Libro Blanco de Nutrición de la Federación Española de Nutrición, los españoles toman de media 9,8 gramos de sal al día, lo que supone el doble de la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud, que es de 5. De hecho, España es el segundo país de Europa en consumo. El dato no es baladí puesto que, como ha indicado recientemente la Asociación Americana del Corazón, 2,3 millones de personas mueren anualmente en el mundo por complicaciones relacionadas con la ingesta excesiva del sodio presente en la sal -de este sodio, un 70% proviene de los alimentos industriales-.

Es, pues, un problema de salud pública que va más allá del riesgo de la obesidad y del falso mito que “la sal engorda”. Como afirman algunos especialistas, un exceso de sal puede llevar a la hipertensión y esta, a enfermedades cardiovasculares.

El principal obstáculo radica en las anteriormente citadas comidas preparadas, que son las que generalmente contienen más dosis de sal. El problema es que, a diferencia por ejemplo de una ensalada casera, en estas comidas  no se puede controlar la cantidad de sal y la persona siempre acaba ingiriendo la que había desde su producción inicial. Los médicos básicamente destacan varios grupos de alimentos: uno formado por sopas preparadas, aperitivos salados salsas y aditivos -que suponen un 37% del total de sal-, un segundo, que incluye carnes, y otros dos formados por pescado y cereales. Aún así, los que más contribuyen a este problema de exceso son el pan, el jamón curado y otros embutidos.

Pese a los esfuerzos que se están llevando a cabo desde diferentes ámbitos para minimizar el problema, la realidad es que bajar el consumo de sal es todo un reto de gran envergadura. Primero, porque como indican desde el Centro de Investigación Biomédica en Red para la Obesidad y Nutrición (Ciberobn), hay generalmente una predisposición genética por la sal, las grasas y los azúcares, lo que dificulta mucho la lucha. Segundo, porque la industria alimentaria que hay detrás es tan potente que es muy difícil conseguir algún cambio al respecto. La mayoría de las empresas saben -como se ha demostrado en varios estudios- que sus números se verían reducidos si bajaran la aportación de sal a sus productos puesto que saben que el consumo bajaría. Así pues, si los ingresos siguen llegando, para que cambiar su producción?

David Giménez Font

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