El escándalo de la carne de caballo: más allá del gusto

Todo empezó  en enero cuando la Autoridad de Seguridad Alimentaria de Irlanda afirmó que cuatro grandes cadenas de supermercados estaban retirando hamburguesas congeladas que contenían carne de caballo en lugar de carne de vacuno, tal y como indicaban las etiquetas correspondientes. La polémica que, como una bola de nieve fue creciendo poco a poco, pasó después por las manos de la Agencia de Seguridad Alimentaria Británica (FSA), que denunció otro hallazgo del mismo estilo en platos precocinados de la marca Findus -básicamente lasañas-. El caso cogió, de pronto, categoría de escándalo, una etiqueta que, varias semanas después, permanece inalterable.

Los productos, que han sido retirados del mercado en el Reino Unido, Francia y Suecia, contenían carne de presunto origen rumano, que pasó por operadores en Países Bajos y Chipre antes de llegar a Francia y pasar luego a Luxemburgo. Una larga cadena de producción, pues, que parece que ha pasado de puntillas por los medios pero que, probablemente, sea el quid de la cuestión.

Es paradójico que muchos grupos y organismos hayan restado importancia públicamente al asunto cuando el error de etiquetado puede conllevar problemas serios de salud. No es, pues, una cuestión de gusto, de comer caballo o vacuno, o de predilección por uno u otro. Para algunos les puede ser indiferente, sin importancia, pero para la salud puede no ser tan indiferente. El Colegio de Veterinarios ya alarmó de la posible presencia de un antiinflamatorio usado frecuentemente en caballos y que puede provocar efectos muy negativos.

Finalmente, la UE ha pasado por el coladero y ha accedido a investigar a fondo el asunto. O eso es lo que dicen públicamente. Porque hay numerosos intereses secundarios que pesan. Y mucho. Uno de ellos es el de los controles alimenticios. ¿Cómo puede ser que tales toneladas de productos hayan podido superar las revisiones sin que nada ni nadie hayan detectado que contenían comida fraudulenta?

Una posible respuesta es que la cadena alimentaria cada vez es más larga, esto es, que un producto pasa por multitud de plantas, instalaciones y distribuidores ante no llega a los supermercados. Así mismo, cuando más extenso es el proceso de producción y distribución, más difícil es llegar a determinar quién es el culpable. ¿Cómo saber si la contaminación es responsabilidad del fabricante inicial o del intermediario? ¿O quizás es culpa del comprador por no comprobar a tiempo lo que compra?  En definitiva, una batalla jurídica que ahora más que nunca está en pleno debate.

La UE y otros organismos tienen que decidir sobre un asunto que ya afecta a una veintena de países, entre ellos España. Nestlé ha sido una de las principales empresas afectadas e incluso la Generalitat valenciana ha exigido revisar dos plantas cárnicas. Hay que ponerse manos a la obra para actuar directamente en una cuestión que es muy seria pero da la sensación que hay demasiados intereses ocultos.

David Giménez Font

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s